sábado, 8 de abril de 2017

Cinco injustos años sin Iñigo Cabacas


Nadie debería enterrar a un hijo, y menos así. "Necesitamos hacer un duelo, nos estamos consumiendo en vida", piden los padres de Iñigo Cabacas en el 5º aniversario de su muerte.

Noche de Jueves Santo de 2012, las calles del centro de Bilbao están en plena ebullición: el Athletic acaba de clasificarse para las semifinales de la Europa League tras eliminar al Schalke 04 alemán. El equipo entonces dirigido por Marcelo Bielsa crea una mágica atmósfera de ilusión, con el billete para la final de Copa en el bolsillo y, tras las victorias de Old Trafford y Gelsenkirchen, la masa social rojiblanca sueña con alcanzar el título. Aprovechando la fecha festiva, miles de personas salen a la calle a festejar el triunfo, inundando de emoción colectiva un lugar necesitado de ella tras el nuevo tiempo que abría el anuncio del cese definitivo por parte de ETA apenas meses antes.


El Athletic está en semifinales, todo son risas, cervezas, conversaciones, sueños, entradas imaginarias, disfrute. De repente, todo se rompe.

Furgonetas de la policía autonómica irrumpen en Indautxu, el barrio colindante con San Mamés, en pleno centro de Bilbao, con calles de poteo como Licenciado Poza llenas de bares y gente. El lugar de ambiente por antonomasia junto al Casco Viejo. También en la paralela María Díaz de Haro, donde se ubica Kirruli Kultur Elkartea, la Herriko Taberna de Indautxu. Allí, más allá de la filiación política, se reúne tanto los días de partido como durante el resto del año gente de toda clase, condición e ideología, una amalgama multiplicada cuando juega el Athletic. Será ese el lugar en el que se desata la ira del mando policial, el conocido como Ugarteko, quien desde la comisaría de Deusto ordena a sus hombres: “A ver, le repito las órdenes para que queden bien claras. Se lo acabo de comunicar al suboficial de grupo que está trabajando. Entren al callejón con todo lo que tenemos, entren a la Herriko, controlan la situación y los que haya que puedan ser posibles agresores se les controla o se les echa, y se toma toda la posición. Y entonces estará la situación controlada".


El resultado es que los ertzainas utilizan pelotas de goma de forma frontal y a una distancia inadecuada contra cientos de personas en un espacio reducido. Algo que “era mortal de necesidad si se alcanzaba una parte corporal como el cráneo” según el último auto de la jueza Ana Torres en el que se imputa a los mandos de las tres furgonetas presentes durante la carga de María Díaz de Haro por un presunto delito de “homicidio negligente”.  


Finalmente, después de que la sombra del archivo haya sobrevolado durante los últimos meses y cuando se cumplen cinco años de aquella noche, la muerte de Iñigo Cabacas irá a juicio. Porque allí, en medio de esa carga con pelotas de goma, prohibidas en casi toda Europa, caía malherido Iñigo Cabacas, un joven aficionado del Athletic de 28 años, amante del surf y que en ocasiones trabajaba en el bar que sus padres tenían en Licenciado Poza, a muy escasa distancia del Kirruli. El pelotazo le destrozó la cabeza.


Desde las unidades de la Ertzaintza desplazadas a la zona alertaron de la presencia de un herido, y desde la comisaria Ugarteko respondió que “se habrá desmayado”.

No, no se desmayó, lo habían matado.

“Tú sabes el momento que es, para una madre, que te llamen del hospital y te digan que vayas corriendo porque tu hijo está allí y al llegar veas a sus amigos desencajados” rememora Fina Liceranzu, la madre de Iñigo. Estos son días de ajetreo y dolor para la familia, que vuelve emocional y físicamente al lugar en les clavaron un puñal que aún no han podido sacarse. Algo que no han podido hacer porque no se ha hecho justicia. Manu, el padre, lo tiene claro: “Nosotros necesitamos hacer un duelo, lo estamos pasando muy, muy, muy mal, para nosotros está siendo muy duro. Nos está consumiendo en vida y eso es algo que no puede ser, Iñigo no lo querría, a él lo han matado y bastante es eso ya”.


Los homenajes se suceden. Hace pocos días estudiantes de la Universidad del País Vasco rindieron un homenaje a Fina y Manu en el campus de Leioa, inaugurando incluso una placa en recuerdo a Iñigo Cabacas. En San Mamés, en el partido contra el Espanyol, se repartieron miles de carteles con la foto del hincha y mensajes pidiendo justicia. Al llegar al minuto 28 fueron desplegados y La Catedral fue un clamor de justicia para uno de los suyos, uno que ya nunca volverá y para el que la injusticia se alarga durante mucho tiempo sin culpables y sin verdad.


La familia siente el respaldo “de toda la gente del Athletic, la directiva es otra cosa”. Manu Cabacas pide una mayor implicación y gestos, aunque sean simbólicos, “un recuerdo en San Mamés” a la junta de Josu Urrutia. Es algo que espera que se produzca en el futuro, al igual que en lo que respecta al Gobierno vasco al que le recuerdan que “ nosotros también somos víctimas". Al producirse la carga, el PSE ostentaba la responsabilidad en el Gobierno vasco, con Patxi López como Lehendakari y Rodolfo Ares como Consejero de Interior. Fina recuerda que “ni López ni Idoia Mendia, la secretaria general del partido en Euskadi, han estado con nosotros”.

Ante la resolución judicial, señala que “no están todos los que son, porque se imputa a los mandos de las furgonetas, pero ni a Ugarteko ni a los autores materiales”. Al ser interrogados, ertzainas que estuvieron presentes en Indautxu aseguraban “no recordar” lo sucedido aquella noche.

Deben de ser los únicos, porque toda la afición del Athletic se acuerda de lo sucedido.

Incluso de dónde estaba aquella noche: muchos resguardándose de unos pelotazos absurdos e innecesarios, de una violencia gratuita y mortal. Han pasado cinco años desde entonces, marcados por el apoyo social, cierta desafección institucional y la dilación judicial. La herida sigue abierta y la familia necesita descansar.

Porque no puede ser que alguien vaya al fútbol y no vuelva jamás. Es de justicia. (Fuente: Playground)



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